domingo, 21 de octubre de 2018

Nunca dejes de gritar, mi querida Venezuela…


En el día de hoy quiero publicar un texto de "no ficción" de mi autoría, realizado en la materia Lengua y Literatura.
   “La crisis venezolana salta fronteras”; “Salvese quien pueda de la Venezuela de Nicolás Maduro”; “El “milagro económico” de Maduro, un infierno para los venezolanos”; “Venezuela hoy: Desorden, caos y alienación…”; “Venezuela, entre la crisis más olvidadas del mundo”; “El caos económico deja a muchos venezolanos a oscuras”. Estos son algunos de los principales títulos a nivel mundial que representan a mi querido país en la actualidad, a la República Bolivariana de Venezuela, la cual se encuentra totalmente sumergida en un caos político, social y económico, y así, de esta forma, empiezo mi triste y cruel historia.
Mi nombre es Augusto Guarinam, nací en la ciudad de Cúcuta, Venezuela el 17 de septiembre del año 1990, siempre fui un poco inquieto, decidido, entre otros puntos que podría nombrar sobre mi personalidad,  pero si algo me caracteriza es que aquello con lo que no concuerdo lo expreso con total libertad, sin importar las consecuencias que ocasione. Desde que nací mi vida fue totalmente dura, mi padre y mi madre se conocieron por primera vez en su trabajo, en una petrolera de mala muerte donde ella trabajaba en el servicio de limpieza y él encargado de la seguridad de los campos. Se enamoraron, se casaron y luego de un par de años tuvieron cuatro hijos, una mujer y los restantes hombres. La infancia de nosotros cuatro fue muy difícil, muchas veces mis padres dejaban de comer para darnos esa escasa porción de alimento, que en realidad, no bastaba. Sin embargo, así pobres y con ningún tipo de “lujos” teníamos lo más preciado que puede tener cualquier ser humanos, la libertad. Y uno se pregunta cuando nos damos cuenta de esto, y la respuesta es muy fácil y breve, cuando ya no la tenemos.
   Siguiendo con mi historia, estudié en una precaria escuela generando importantísimos vínculos de amistad, mis primeros noviazgos, mis primeras decepciones y sobre todo encontré mi gran pasión, la política y las implicancias sociales. Nunca había escuchado absolutamente nada sobre esto, pero un día un compañero de mi clase llamado Julio, se acercó a mí y  me preguntó si quería formar parte de la juventud de un partido político de Venezuela, esto se debía a que faltaba poco tiempo para las elecciones y necesitaban jóvenes activos y con ideas nuevas. Este se llamaba “Partido Libertario”. En ese momento, ante la presión de mi compañero de que le dé una rápida y positiva respuesta, le dije que sí, pero yo realmente no conocía nada de este movimiento, ni tampoco sabía cómo trabajar o ayudar a ese partido.
   Me dediqué una semana entera a averiguar cuáles eran sus ideales, quiénes eran sus líderes, entre otra gran cantidad de información que creí que era importante para poder desarrollarme bien allí. Finalmente me encontré satisfecho de haber aceptado la propuesta porque gran cantidad de esos ideales y acciones que deseaban hacer en el futuro, eran similares a los que yo pensaba, pero había uno que no entendía completamente, que me causaba preocupación, este decía “salvar a la República Bolivariana de Venezuela de los lobos salvajes”. Si bien esta expresión hacía referencia a la parte social, como ciudadano común y corriente en ese momento no sentía grandes flagelos a nivel país, si bien había pobreza, este índice era semejante a otros países de América Latina como Ecuador, Perú o la propia Argentina.
   Cuando comenzamos con la campaña electoral para las elecciones, me recibí de Abogado en una universidad de bajos recursos, que era la única que mis padres podían pagar. Yo sabía que en ningún momento ejercería esa profesión, no me interesaba eso, no quería trabajar de abogado, pero fue lo único que me pudieron ofrecer y sabía que si me recibía, ellos serían felices. Entonces me preocupé, me ocupé y me gradué en menos de cinco años. El día de la entrega de mi diploma era muy importante para mí, no por ese evento sino porque desde el “Partido Libertario” iríamos a visitar una de las villas más grandes y más pobres de Venezuela, donde habitaban más de dos millones de personas y que si lográbamos convencer una gran parte, podríamos salir beneficiosos en las elecciones nacionales.
   Recibí mi diploma rápidamente, me saqué la típica foto con el birrete negro y agarré mi destruida bicicleta para ir a la sede de la juventud del partido e ir, caminando, todos juntos a la villa. Cuando llegué noté un clima extraño, parecía como que había miedo, susto pero no entendía porque. Recogimos todas las donaciones, regalos y demás objetos que llevaríamos para dar en la villa y empezamos lentamente a caminar hacia allá. Con Julio, mi mejor amigo a partir de ese momento, nos detuvimos en un pequeño negocio para comprar alguna bebida para ir tomando en el camino, mientras tanto el resto de nuestros compañeros siguió caminando, total todos sabíamos dónde nos encontraríamos.
  Una vez que compramos, seguimos nuestro camino, pero apenas unos pasos más adelante una situación extraña cortó nuestra felicidad, un auto sin patente, con vidrios polarizados y cuatro hombres dentro, frenó al lado nuestro, bajaron dos de ellos, agarraron a Julio y se lo llevaron en ese mismo vehículo sin darme tiempo para hacer absolutamente nada. El auto desapareció y yo comencé a correr en búsqueda de alguna ayuda, es decir, en búsqueda del resto de los miembros del Partido.
   Julio era el líder de los jóvenes del Partido Libertario, él se mantenía constantemente en contacto con el candidato a la presidencia y hoy se encontraba secuestrado por vaya a saber qué persona.  De esta forma, cancelamos el evento programado y volvimos rápidamente a nuestro edificio y nos pusimos a realizar preguntas, denuncias, publicaciones en diarios, revistas y por todo medio posible, para poder encontrar a Julio.
   Las elecciones ya se sentían, por toda la ciudad había carteles de los únicos dos partidos políticos que se postulaban, el Partido Libertario y el Partido Socialista Unido de Venezuela liderado por H.C. Estábamos a tan solo dos días de esas elecciones que para nosotros iban a ser tan activas como crueles. Julio seguía desaparecido, el mismísimo candidato a presidente por los Libertarios, publicó y salió a denunciar públicamente la desaparición de este joven, pero nadie absolutamente nadie decía ni hacía nada. Y así, entre pedidos y búsqueda, llegó el día más importante para todos los de la juventud, comenzaron las elecciones en Venezuela. Me tocó ser fiscal de mesa por nuestro partido en una de las mejores escuelas de la ciudad, poca gente había ido a votar, pero  solo creí que era porque era temprano. A la tarde cerraron los comicios y tuvo lugar el conteo de votos, en mi mesa había salido victoriosa la lista a la cual yo representaba, sin embargo a nivel nacional, con menos del 50% del padrón electoral presente, ganó la elección general el partido liderado por H.C.
   Algunos festejaban esta victoria, otros simplemente la aprobaban y el resto la rechazaban completamente, como partido contrario al vencedor, nos dedicamos en todo momento a contribuir con ellos, porque entendimos que si a ellos les va mal, a todo el pueblo venezolano le va mal.
   Pasaron y pasaron las semanas y Julio aún no aparecía, en el diario más importante de Venezuela, salió una noticia de que encontraron un cuerpo sin vida tirado al lado de una carretera, ese cuerpo era nada más y nada menos que el de mi mejor amigo, mi compañero. Desde los diarios y la policía no se informaba sobre los asesinos, sin embargo nosotros sabíamos quiénes eran, eran ellos, los del nuevo gobierno. De mi parte, procuré respetar a mi amigo y seguir sus pasos para defenderlo a él y a todo el pueblo venezolano de esos “lobos” que se encontraban presentes en los ideales del Partido Libertario.
   Pasaron los años y la situación social y económica del país iba decayendo en gran medida, en ese momento me creía un líder y organicé una gran manifestación en la plaza central de Caracas, en contra del gobierno, más de diez mil personas se concentraron allí para marchar, pero el gobierno no tardó en tomar represalias y matar a más de 30 personas, generando así que la concentración se desvaneciera y cada uno volviera a su casa. Sin embargo, yo no hice lo mismo, agarré mi bicicleta de color azul y fui a la sede del partido para programar más manifestaciones en contra de estos “lobos salvajes”.  Llegué al edifico y todos estaban raros, extraños, como asustados con algo, nadie me hablaba, todos me miraban como con lástima hasta que una de las chicas que integraba el partido me dijo que había llegado la noticia de que alguien había entrado a mi casa, donde estaban mis padres y mi hermano menor. Sentí una sensación de vacío profundo en mi corazón, creí que me moría porque habían tocado algo muy preciado para mí como era mi familia. Agarré uno de los vehículos del partido y rápidamente manejé hasta mi casa.
   Allí estaba todo abierto de par en par, entré acompañado de dos policías que se encontraban en la puerta y vi colgado en el techo a mi padre y a mi madre con una inscripción pintada en la pared de atrás con un aerosol negro que decía, “CUIDADO CON LO QUE HACES, PORQUE EL PRÓXIMO SOS VOS”, me quedé mirando ese mensaje durante una gran cantidad de tiempo, esperando una respuesta o algo más, y finalmente llegó, cuando el oficial me dijo que me fuera y que deje de hacer tonteras y que ponga a trabajar.
    De esta forma comenzó el principio de mi fin, la sociedad cada vez estaba más pobre, en donde con cerca de ochocientos billetes podíamos comprar solamente un papel higiénico, la inflación del país llegó a puntos nunca antes visto de cerca del 15% en tan solo un mes.
Estas situaciones no me dejaban vivir en paz y luchar por lo que realmente hacía falta, por los pobres. Tras las crueles represiones y amenazas dirigidas hacia  mí, decidí volver a mi ciudad natal, que se encontraba cerca de la frontera con Ecuador, para comenzar mi viaje a otro lugar del mundo y contar, a viva voz, que sucedía en Venezuela.

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