Nos dicen desde chicos que tenemos que estudiar para “llegar a ser alguien en la vida”, y así podríamos nombrar un montón de recomendaciones más que escuchamos diariamente desde que entramos al Jardín de Infantes hasta llegar al Nivel Secundario.
Después de pasar varios años por distintos niveles educativos, podríamos decir que nos es fácil, como alumnos, llegar a una preocupante conclusión: pasamos nuestros años en la escuela recibiendo un número importante de datos y conocimientos, muchos de los cuáles, no siempre son útiles en la vida cotidiana. Y así cargamos nuestra mochila de “cosas” que sabemos que solo sirven dentro de la escuela y que su utilidad termina en el mismo momento en que egresamos.
No creo que nuestra vida sea diferente si aprendimos o no a reproducir cuadros de pintores famosos o si aprendemos de memoria términos que son propios de médicos y no de chicos de 13 años.
En un mundo marcado por las diferencias políticas, sociales y económicas, la educación tiene que levantar su bandera en la lucha por la igualdad. Una igualdad que queda solamente escrita en los papeles, pero que en la vida real no se aplica.
De que le sirve a un chico que vive en lugares apartados, por ejemplo en el Champaquí, aprender sobre las distintas teorías económicas, si para él le sería más provechoso que le enseñaran como mejorar el cuidado de sus animales o como cuidar mejor el suelo. ¿Puede importarle a un chico que viva en un pueblito alejado entre montañas aprender inglés si seguramente su vida va a limitarse a seguir haciendo las mismas actividades que hicieron primero sus abuelos y luego sus padres?
Pero no podemos convertir al Sistema Educativo en único malvado de la película. Políticos, investigadores, docentes, padres, familia, entre otros deben hacerse cargo de la parte que les toca.
La diferencia entre lo aprendido y lo que se necesita para la vida diaria se completa con políticos corruptos, padres sin interés, niños desorientados, profesores politizados o poco preparados, que llevan a que de a poco la educación pública en la República Argentina se deteriore, llevando a que gran porcentaje de niños deban dejar de lado sus vacaciones para terminar su ciclo lectivo. ¿Volveremos a la época donde nadie estudiaba sino que solo iban a trabajar? ¿Solo aquellos que tienen la posibilidad de pagar una educación privada podrán concurrir a una educación de calidad? ¿Los docentes hacen bien su trabajo? ¿Y los padres?.
Hay que pensar en una educación que permita que la escuela abra sus puertas, que salga al mundo de la mano de sus alumnos, siendo útil. Que no desiguale lo que dice igualar, que no se convierta en un trámite que hay que cumplir y que tiene su sello de vencimiento el día que te entregan el diploma. Que los alumnos no separen, aquello que hay que aprender para aprobar las materias y pasar de año, de aquello que me va a ayudar a desenvolvernos fuera de la escuela.
Tal como expresó Quino en una de las historietas de Mafalda “De tanto ahorrar en educación, nos hemos hecho millonarios en ignorancia”.
Como expresa Eduardo Galeano, “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”
Caminemos, vayamos en búsqueda de una mejor educación, generando así de a poco un mejor país. Pero no pueden ir solo algunos, vos, yo, él, políticos, sindicalistas, docentes, alumnos, diputados, médicos, padres, familiares debemos caminar, y así paso a paso encontraremos un nuevo y mejor horizonte: una escuela útil.
Autoría propia. Ensayo sobre la Educación en la República Argentina.
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